Yo, la que no tenía rollo con su cuerpo.

A veces creemos que nos conocemos bastante bien… hasta que algo afuera nos muestra lo contrario. Un viaje improvisado con una amiga, una cámara de fotos que aparece demasiado seguido, una casa vieja que empieza a romperse justo cuando decidís mudarte. Situaciones simples, casi cotidianas. Pero que, si las mirás con atención, funcionan como espejos bastante honestos.
Captura de pantalla 2026-03-08 a la(s) 10.49.11 a. m.
Picture of carovarza

carovarza

Ahí estaba yo, muy suelta diciendo que no tenía ningún rollo con mi cuerpo.

Cero tema.
Todo bien.
“Yo con esto estoy re en paz”, decía.

Bueno. Resulta que… no tanto.

No es una gran revelación espiritual ni una teoría nueva. Es más bien de esas cosas que una ya escuchó mil veces… pero que un día, por alguna razón, entiende de verdad.

Siempre escuché esa idea de que lo externo ilustra lo interno.
Que lo que pasa afuera, de alguna forma, muestra algo de cómo estamos por dentro.

Bueno. Estos días lo volví a comprobar.

Me fui de vacaciones. Hace años que viajo bastante sola. Mis amigas están en otras etapas —hijos, rutinas distintas, otras prioridades— y a mi la libertad me acompaña (no siempre es re copada, a veces clava cara de culo pero si se sube en todos los planes conmigo ja!). Entonces muchas veces agarro un ticket y me voy.

Nada dramático ni triste, al contrario. Es una libertad que fui cultivando bastante estos últimos años.

Nada dramático ni triste, al contrario. Es una libertad que fui cultivando bastante estos últimos años.

Igual siempre me gustó viajar sola. Es como un momento conmigo, fuera de los hábitos de todos los días. Siento que me saco una capa más y aparece algo nuevo para mirar de mí misma.

Pero esta vez fue distinto.

En enero cené con una amiga con la que compartimos algunos años de amistad. Entrenábamos juntas y, de hecho, gracias a ella me metí un tiempo en el running… cosa que también dejé abruptamente porque me quema el bocho. Literalmente. (El running, aclaro, no la amistad).

En esa cena me dijo:
“Algún día nos tenemos que ir un finde juntas”.

Tres semanas después, fiel a mis arranques bien arianos, la llamé: “Che… ¿te querés ir a Aruba en una semana?”

48 horas más tarde teníamos pasaje, Airbnb y siete días por delante.

Así nomás. Fue un viaje es-pec-ta-cu-lar y no por las playas que si, son lindas sino por haberlo hecho compartiendo con un otro.

Lo que más me sorprendió no fue el lugar, sino lo que pasa cuando volvés a compartir un viaje con alguien.

Es impresionante cuánto aprendemos de nosotros mismos mirando al otro.

Cada cosa que Yani elegía, hacía o le salía natural… yo inevitablemente pensaba en cómo me salían a mí esas mismas cosas. Y no desde la comparación mala onda, sino desde ese modo medio automático que tengo de observar para aprender.

Y ahí apareció algo interesante.

Porque llegó el momento de las fotos.

Yani: feliz, natural, cambiando poses como si fuera una producción de revista.

Yo: retorciéndome, escondiéndome, diciendo cosas de mi cuerpo que si se las escucho a una amiga le diría “che, pará un poco”.

Fue tan repetitivo que una noche me frené sola y pensé:

Apa.

Alto rollo tengo.

Nada grave. No es un dramón. Pero claramente hay cosas que me molestan y que nunca había visto tan claro. Simplemente porque no había tenido un otro enfrente que me permitiera escucharme y verme en esa situación.

Y ahí entendí otra vez esto de los espejos.

Pero la historia no termina ahí.

Porque mientras volvía de viaje, estaba en medio de otra cosa: me estoy por mudar.

Una mudanza con bastante incertidumbre, para ser honesta. No sé si estoy dando un gran paso o si estoy manifestando, una vez más, una casa con problemas (algo que mi historial inmobiliario podría confirmar sin dudar).

Claramente no es la casa que soñé.

Tiene mil cosas para arreglar.

Ayer, por ejemplo, levantaron un piso de más de 100 años.

Cien años.

Mientras veía ese piso salir pedazo por pedazo, pensaba en el tiempo que va a llevar arreglar todo. Y en algo que me cuesta muchísimo aceptar: los procesos lentos.

Para mí todo debería pasar rápido.

Decido algo → se resuelve.

Pero la vida, evidentemente, está intentando enseñarme otra cosa.

Paciencia.
Proceso.
Tiempo.

Tres palabras que a mí me cuestan bastante.

Y ahí estaba yo, un sábado de marzo, en una casa vieja con olor a humedad, viendo cómo se levanta un piso centenario y pensando que quizás ese también es un espejo perfecto de lo que me está pasando.

No sé si este email tiene remate.

Y encima hoy es 8 de marzo (lo juro, no fue planeado).

Pero sí me quedé pensando algo.

Qué regalo enorme es lo externo.

Las amigas.
Los problemas.
Las casas viejas que se rompen.
El cuerpo que habla.
Los trabajos y sus dinámicas.
Los viajes medio impulsivos que terminan siendo los mejores.

Todo eso, para mí, son espejos.

A veces me devuelven cosas que quiero cambiar.
Otras veces me muestran universos nuevos de cómo vivir, elegir o pensar.

Pero siempre, siempre, me dan información.

Quiero regalarnos hoy la capacidad de observar lo externo como punto de partida para nuestra propia construcción personal.

Hoy más que nunca reivindico a las amigas, a los problemas, a las casas viejas que se rompen, al cuerpo que habla con síntomas, a los trabajos y sus dinámicas. Todo eso que a veces parece ruido o molestia… y que en realidad puede abrirnos un universo entero de posibilidades para mirarnos mejor.

Al final es eso: usar otros ojos en el camino de entendernos.

A mí, me hizo mucha diferencia y por eso quiero compartirlo con ustedes.

Nos vemos la próxima.
C.

¿Querés dejarnos un mensaje? Avanti!